Acorazados (1892)

La diferencia entre estas y las demás pinturas de Adolfo Torres radica en la solidez de las formas abordadas; ocupan recintos en perspectiva con alguna reminiscencia de Fernando de Szyslo, y una gran soledad rodea estas estructuras zoomorfas, que pugnan por definirse como ensambles mecánico-robóticos de alguna historia mítica de ficción.

Realizadas en 1992, después de volver de México, iniciaba en ellas, además, su incursión en el uso del telfor como soporte para su técnica experimental con pintupac, pinturas-bases oleosas de secamiento rápido. (RVQ)

Autorretratos (1995)

Estos autorretratos de Adolfo Torres abarcan diversas épocas, y muestran su maestría en este campo. Figuras y entorno se compenetran magistralmente a través de una técnica donde la gestualidad de los trazos son rigor de plasticidad exuberante. La intimidad del taller se evoca como fondo y hábitat de su labor como pintor, en donde transcurre su fantasía creativa, ese genuino estar en su mundo íntimo, en complicidad con toda una experiencia de vida creativa. (RVQ)

Carnaval (2021)

Son una serie actual de pinturas, algunas de pequeño formato, donde el desgarramiento, la confusión febril y una dinámica entre festiva y terrible, se solazan con procedimientos casi abstractos de una pintura de estilo expresionista. Se entreveran tormentosas figuras humanas en juego con imaginarios de la interioridad fantasmal del artista. La técnica es una fogosa expresión de color, trazos sueltos, emociones del instante, reverberaciones de una guerra de interioridades temperamentales en continuo movimiento exacerbado. (RVQ)

Chirimias (2000)

Son retratos costumbristas de una tradición payanesa que siempre ha permeado el imaginario colectivo-cultural de Popayán, su ciudad de origen, y que confluyen finalmente en el gran grupo escultórico realizado en compañía de la colega Rosita Sainte Marie, y con Fernando Rivera (arquitecto) en su asesoramiento técnico, conjunto que se aprecia en una de las glorietas al sur de la ciudad (1999).

Las pinturas son regocijantes testimonios visuales, festivas representaciones realizadas siempre con la espontánea y gracia expresiva que caracteriza la pintura del maestro Adolfo Torres. Algunas variantes del estilo muestran versátilmente el trabajo que el artista siempre aborda con convicción, ímpetu expresivo y extroversión temperamental. (RVQ)

Procesiones (2001)

Estas pinturas son otras de sus obsesivas entregas al tema de su Popayán ancestral. No solamente reseñan el evento cultural de los famosos desfiles de semana santa, sino que evocan muy fantasiosa y libremente el lugar procesional arquitectónico de la ciudad; cúpulas, techos, calles… elementos en profusión compositiva en los cuadros, argumentos que siempre han construido imaginaria, física y espiritualmente esa vida que se afirma desde siglos. Paisajes y procesiones sacras se corresponden mutuamente en estas pinturas; se siente en ellas una pasión que domina el ánimo total de los cuadros, esa veta anímica que siempre estará en el sentimiento de todo payanés raizal. (RVQ)

Desnudos

El desnudo siempre ha sido tema preferencial y recurrente en la obra de Adolfo Torres. Su vital atracción por la figura humana se explaya en esta temática, sobre todo en la figura femenina, con total pasión lúdica expresiva. Un recio manejo del dibujo imprime siempre a estas obras una energía vitalizante, vigorosa y vibrante. Anatomías y anécdotas corren parejas como trasfondos del cuadro, siempre en continua exploración del nervio de la vida, ese eros fundamental que en estas obras se muestra abrumadoramente en todo su vigor.

Estos desnudos son fiesta y ritual; retrato y fantasía; caligrafía anímica y pasión pictórica. Son eventos donde se regocijan la contemplación, el lirismo y fuego que el oficio de la pintura revela en su mejor estación festiva. (RVQ)

Entre Pasos (2007)

Esta colección, también afín a la temática semanasantera de Popayán, es como un rito expiatorio de fantasmas de la niñez. El acervo religioso se cernía con el imperio de la gravedad; el devotismo de los mayores, un miedo reverencial de la edad temprana, todo marcado por el peso indudable de una tradición que se instaló en los resquicios de la psiquis infantil, a veces con bruma de cohibiciones íntimas, a veces con la fe esperanzadora hacia la salvación del alma, folclor que, de todas formas, es terreno confuso en la inmediatez del conocimiento.

Los cuadros registran íconos de esa cultura fundada en nuestro medio desde la época de la conquista española, y en algunos el pintor ha explorado técnicas experimentales como el ahumado, consiguiendo atmósferas de espesa significación simbólica. Entre Pasos valora un mundo que nunca se aleja de nuestro ideario colmado, tanto de prejuicios como de esperanzadoras intuiciones de lo sacro. (RVQ)

Interiores (1997)

Esta etapa está marcada por reminiscencias de la arquitectura colonial de Popayán. Perspectivas, penumbras, arcos, ojos de buey, gradas y pasadizos… todo un paseo en imágenes por lugares donde con tesón se reincide en esa atractiva realidad fundada en el pasado de la ciudad.

La técnica de los cuadros la seguía explorando el artista como un nuevo medio: pinturas industriales sobre telfor. Y allí resuena la nota Popayán en pentagramas de lirismo poético, presencias que jamás desautorizará el tiempo entre novedades de actualidad. (RVQ)

 

 

Miticos (1988)

Son pinturas realizadas por el maestro Adolfo Torres a comienzos de los 90. Una especie de dantesco carnaval sangra o ríe entre malformaciones de la condición humana. Descarnados grupos demenciales acusan su fabulación en una pintura terrible, expresionista, desgarrada y lacerada. Son gritos, llantos desde la informe sed que se extravía por laberintos de dolor, risa o desprecio, por aberrantes catarsis y oscuras cárceles internas del destino humano.

Míticos problematizan, quizá, la más profunda alienación que ronda los arrabales de la conciencia. Goyescos y acusadores, por ahí la pintura enciende un trasunto de miasmas y llagas de la realidad desventurada. (RVQ)

Mexico (1991)

El grupo de pinturas realizadas mientras el maestro hacía su maestría en la UNAM, México, digamos que se alía con lo metafísico oscuro, remolino indefinible de lo que pugna por configurar un espíritu ambulante entre sombras y paisajes, en grado expresionista, del pathos y el presagio.

¿Qué nos espera, porqué esta angustia, esta indefinición desterrada de la ternura? ¿Por qué la realidad no nos habla un lenguaje claro, por qué la miseria de estar en los infiernos del grito existencial?

Imágenes advienen premonitorias, hilarantes, sin norte ni claridad; son un amasijo de dinamismos enredados por las formas, ambiguas topografías del delirio y la enajenación. (RVQ)

Paisajes (2021)

El grupo Paisajes se mueve entre representaciones simbólicas y muy libres del conjunto arquitectural de Popayán, o el lirismo florido de bosques o caminos de floresta. Popayán aparece como un paraje reconocible de colonial ensoñación, alterado muy libremente por la disposición pictórica que la poética del pintor plantea en su imaginario particular. Es un mundo pictórico barroco, pleno y denso en formas, donde la literalidad perspectivística ha sido remplazada por una fantasía sin ambages. Y en los cuadros de bosques se respira una libertad primaveral, el asomo por delicias colorísticas y texturales que colindan con la abstracción impresionista, podríamos decir. Son cuadros de plena libertad creativa, lugares por donde la mirada contempla felices lirismos campestres. (RVQ)

Retratos

Desde que Adolfo Torres incursionaba con el lápiz o el pastel, el retrato siempre fue uno de sus atractivos temáticos, ya sea como estudios de libre elección, ya como motivos realizados por encargo; y en ello se solaza su oficio, con la natural destreza que ha ejercido siempre. Totalmente, tienen el sello que los singulariza, esa energía lúdica con que resalta fisonomías y entornos.

Las figuras retratadas siempre están situadas en atmósferas o fondos donde hace gala de su oficio temperado por el trazo expresionista, el brochazo o el gesto de la espátula, el chorrión líquido que mancha algún rincón, la raspadura de algún ímpetu momentáneo, expedientes estilísticos de su modo de proceder como pintor atento a la emoción. Podríamos decir que sus retratos sintetizan todo su bagaje e historial pictórico. Y dan la nota clave de un estilo que se divierte con su proceder; entre manchas difusas y claridades de la forma natural anatómica, el cuadro siempre configura la magnífica talla del pintor. (RVQ)

Sacrificios (2021)

He aquí un segmento de pinturas signadas también por lo religioso y el sesgo semanasantero. Pero aquí el sacrificio de Cristo alcanza connotaciones más humanísticas; se convierte en símbolo de la condición humana que sufre; es destino insoslayable, estatus y ley; es el forcejeo que el ser humano común vive como dolor; común tránsito por el tiempo de la vida, herencia e historia, tanto individual como colectiva. El Cristo no es sólo el ícono religioso que despliega la religión y su lenguaje ultramundano; es la naturaleza intrínseca del hombre sumido en su derrotero magno; un descendimiento y ascenso por la dureza dolorosa de su historia, el señalamiento de lo inevitable que viene sucediendo desde siempre, quién sabe hasta cuándo.

El expresionismo de estos Sacrificios se vierte con densidad y soltura pictórica; su materia visual comunica y expande fuerza dolorosa, se solidariza con lo más profundo del ser humano inmerso en su tragedia existencial. (RVQ)

Viacrucis (1992)

El conjunto Viacrucis fue realizado para conmemorar los 500 años del descubrimiento de América. Trabajado en conjunto con las colegas de la Facultad de Artes de la Facultad de Humanidades, Rosita Sainte Marie y Margarita Medina, fue expuesto en dicho recinto universitario en 1992.

En formatos fálicos y de reminiscencia agustiniana, con un remate en metal coronando la parte superior, que tiene incisiones simbólicas de objetos de utilería popular, la obra pictórica es exuberante en texturas terrosas y táctiles, calidades propias del informalismo abstracto, rememorando una geografía continental que espera todavía la definición de su destino, y en su parte inferior se destacan frases alegóricas de poetas y escritores famosos latinoamericanos, contextualizando su mensaje.

Viacrucis es un homenaje a nuestra tierra americana; su poética tiene la fuerza que el tiempo mítico ha impreso en el devenir histórico de nuestro continente, en la ruda evolución de su destino. (RVQ)

Aceitunas (2013)

El conjunto Aceitunas es el acontecer álgido de los desnudos pintados por Adolfo Torres. De gracia regocijante, estas imágenes transmiten un eros cálido, desinhibido y expresivo, asunto que sin duda marca un estupendo momento en la obra del artista.

Manchas, formas, calidades visuales, color y dibujo, hacen del cuadro una anécdota abierta en sus posibilidades plásticas. Una sombrilla y una bicicleta completan este actuar de la modelo, conjunto que estimula la contemplación, y en ello, lo ligero es circunstancia que libera el cuadro. Atraen esas imágenes con música de fiesta y sonoridades cálidas. El ímpeto es siempre característica de esta pintura, concebida como divertimento y sensualidad. Sus diferentes episodios afirman esta capacidad para la caricia de los ojos sobre estas representaciones del deseo. (RVQ)